Primer
día de clase. Instituto nuevo, ciudad nueva… vida nueva. Mi vida cada día era
más deprimente.
-Morgana, ¿estás ya?
-Sí, mamá. –Aunque no era del todo cierto. Más bien, no era nada cierto.
Aún iba en pijama cuando mi madre vino a advertirme que debía bajar a desayunar.
-Joder Morgana, siempre igual. El día que consigas trabajo no duras ni dos días con tu poca puntualidad.
Como siempre, solía hacer caso omiso a las quejas de una insufrible madre entrando en la típica crisis de los cuarenta.
-Mira que en este instituto son muy estrictos, ¿eh?
-Mira que eres pesada, ¿eh?
-Simpática… -dijo saliendo y cerrando la puerta tras de sí, para luego vociferar desde el otro lado de ella- ¡Date prisa en vestirte!
-¡¡Que sí!!
Me quité el pijama, y abrí el armario. Me quedé unos cuantos segundos mirando con indecisión la ropa que desbordaba las perchas y estanterías. Unos pantalones cayeron de uno de los saturados estantes, y decidí que serían los que llevaría ese primer y horrible día de clase.
-Gracias por ahorrarme tiempo eligiendo ropa, Dios –recé en voz alta.
Y justamente, Dios, ese ser inexistente, eligió para mí unos pantalones que, sin yo percatarme antes, estaban sucios.
-Morgana, ¿estás ya?
-Sí, mamá. –Aunque no era del todo cierto. Más bien, no era nada cierto.
Aún iba en pijama cuando mi madre vino a advertirme que debía bajar a desayunar.
-Joder Morgana, siempre igual. El día que consigas trabajo no duras ni dos días con tu poca puntualidad.
Como siempre, solía hacer caso omiso a las quejas de una insufrible madre entrando en la típica crisis de los cuarenta.
-Mira que en este instituto son muy estrictos, ¿eh?
-Mira que eres pesada, ¿eh?
-Simpática… -dijo saliendo y cerrando la puerta tras de sí, para luego vociferar desde el otro lado de ella- ¡Date prisa en vestirte!
-¡¡Que sí!!
Me quité el pijama, y abrí el armario. Me quedé unos cuantos segundos mirando con indecisión la ropa que desbordaba las perchas y estanterías. Unos pantalones cayeron de uno de los saturados estantes, y decidí que serían los que llevaría ese primer y horrible día de clase.
-Gracias por ahorrarme tiempo eligiendo ropa, Dios –recé en voz alta.
Y justamente, Dios, ese ser inexistente, eligió para mí unos pantalones que, sin yo percatarme antes, estaban sucios.