domingo, 8 de junio de 2014

¡Mi proyecto!

     ¡Buenas chicxs! En primer lugar disculparme porque os debo una reseña, pero es que estoy liadísima con los exámenes y, por si fuese poco, he de prepararme el selectivo para el mes de julio.
En fin, que hasta que no acabe nada no retomaré con la lectura, pero sí que he empezado algo nuevo. Os explico: resulta que estoy escribiendo un libro y, puesto que la gente que ha leído los tres capítulos que llevo, y les ha gustado, he decidido subir entradas en un nuevo blog que he creado en las cuales escribiré un poco del libro (pero no todo).
Dicho esto, aquí os dejo el enlace para que podáis leer la primera entrada:
http://silvianiahunter.blogspot.com.es/2014/06/capitulo-1-primera-parte.html

     Un abrazo muy fuerte a todos, ¡y que cunda la lectura!

Trance.

     Cuando te quieres dar cuenta, ya es demasiado tarde; ya has caído en esa espiral de relajación sin límites, de ese estado de ensimismamiento que te hace no pensar en nada, de ese sentimiento de paz que te acoge entre sus brazos como haría una madre con su bebé. Estás feliz, a pesar de que a tu alrededor todo son problemas y que no tienes motivos para sentirte tan relajada. Sabes que esas sensaciones tan sumamente agradables pasarán; tal vez no en cinco minutos, tal vez en una, quizá hasta dos horas pero, desgraciadamente, el caso es que pasará. Y tú no puedes hacer nada salvo disfrutar hasta que la realidad vuelva a golpearte con su destructor martillo de acero, como si del dios Thor se tratase.
     Pero a pesar de todo ello decides no pensar en las cosas negativas, y te centras en cosas que normalmente te parecen nimias e insignificantes. Sientes un leve cosquilleo en la parte superior de la cabeza que, poco a poco, se va extendiendo por toda tu estructura craneal y que, poco a poco, también se va haciendo más y más intenso. Es extraño, pero te gusta. Te gusta y piensas en lo que causa ese cosquilleo tan agradable: eres capaz de notar como todos y cada uno de los pelos de tu cuerpo crecen, muy despacito, pero lo hacen. Y te gusta, porque te sientes viva. Respiras, y eso también te gusta. Coges aire y notas como este llena tus pulmones, para luego vaciarlos de nuevo, contrayéndolos al quedar totalmente desprovistos de aquello que te mantiene viva. Y tomas otra fuerte bocanada de aire para volver a sentir como te arrancas. Y cada vez estás más convencida de que eso te gusta.
     El viento te golpea la cara, pero te gusta. Sientes como te estremeces, tan suavemente que, de no ser por tanta paz, a penas lo habrías notado. Sientes como se te erizan los pelos de los brazos, y los de la nuca, y das gracias por ser capaz de sentir todo ello. Al principio sólo lo piensas, al principio sólo te dices a ti misma "es una suerte estar viva, es una suerte esta paz" pero, ¿qué diablos? Tienes voz, puedes hablar, gritar, cantar... y hablas, y gritas, y cantas... Y eso te gusta. Los sonidos escapan de tu garganta casi sin esfuerzo, y eres capaz de oírlos. De pronto te percatas de todos y cada uno de los ruidos que te rodean. Oyes el alegre cantar de un pajarillo, ¿o son varios? Oyes el suave rozar de una hoja contra el mismo asfalto que tú pisas, movida por el viento, movida por el mismo viento que roza la piel que has dejado al descubierto. Y te gusta. Oyes algo más... una voz. Una voz dentro de ti que te dice "¿qué haces aquí plantada como una tonta? ¿Acaso no tienes piernas? ¡Úsalas!" Y eso te basta para dirigir la mirada hacia la parte inferior de tu cuerpo, hacia esas dos extremidades que te sostienen. Puedes andar, correr, saltar... y andas, y corres, y saltas... Y eso te gusta. Pero estás exhausta de tanto movimiento, así que te paras a descansar, y te sientas en la acera. El corazón te late con fuerza, bombeando sangre. Sangre que llega a absolutamente todos los rincones de tu cuerpo. Notas como recorre tus venas, tus arterias, tus capilares... La notas transportando energía, y vida. Y te gusta.
     De pronto empiezas a reír; te sientes feliz de estar viva, y ríes porque te sientes bien. Hay tantas cosas que te gustan... ¡sería fantástico compartir esa paz con alguien! Pero miras a tu alrededor, en busca de otra persona a quien contarle todo lo que sientes, todo lo que piensas, todo lo que te gusta, y te das cuenta de que, justo ahí, a tu lado, o detrás de ti, o delante, no hay nadie. Estás sola. Y eso no te gusta. Y te maldices a ti misma por querer compartir todo aquello que te envuelve con alguien que no está. Y de pronto tu corazón da un vuelco, y tu alma da de bruces contra el suelo, haciendo que la triste realidad te estalle en la cara como un enorme globo al que rozas con una aguja. La única persona que tienes cerca, es alguien que rebusca en un contenedor. Está descalzo y tiene los pies sucios. Al principio sientes asco pero, ¿quién eres tú para juzgar a nadie? ¿Acaso tú eres mejor que esa persona? Sabes que no. Y cuando ese alguien te mira a los ojos, y puedes ver todo el dolor que emana su mirada, y de su expresión, te das cuenta de la suerte que tienes por estar viva. Pero no te gusta, porque no puedes compartir tu alegría con esa persona, ya que eso que él tiene no es vida... es esclavitud.
     Y así es como el trance desaparece y sales de él, devolviéndote a la normalidad, y arrebatándote toda esa paz que te había regalado hace a penas dos horas. Y ya no te gusta.