Esa tarde, por algún extraño motivo, me encontraba en un centro comercial abandonado, el cual estaba rodeado por un oscuro bosque.
Había mucha gente, y todos estaban nerviosos. Buscaban lugares en los que esconderse, y las escaleras estaban abarrotadas de gente histérica.
Y, en una de las escaleras, agazapada, me encontraba yo. Aunque no entendía el por qué de tanto histerismo.
De pronto, me sorprendí a mí misma bajando a la planta más baja que había, dirigiéndome hacia una pequeña habitación sucia y mal oliente, con una pequeña ventana en la puerta. No sabía por qué, pero sabía que debía mirar en su interior.
Y así lo hice.
Cuando me asomé por el cristal, lo que vi no pudo dejarme más sorprendida.
No, no fue sorpresa lo que sentí. Fue miedo. Un miedo aterrador que me heló la sangre y me detuvo el corazón.
Dentro de esa habitación, estaba yo. ¡Yo misma! Era imposible. No podía creerlo, pero esa muchacha era exactamente igual que yo. Estaba encadenada de pies, manos y cuello, y se retorcía, salvaje, luchando por librarse de las cadenas que a duras penas podía soportar por el dolor que le provocaban. De pronto, mi perspectiva cambió; ya no me encontraba mirando a través del cristal desde el exterior de ese claustrofóbico espacio; ya no me encontraba mirando, incrédula, a esa chica encadenada que tanto se parecía a mí. De pronto, me encontré en el interior del cuartucho, pero estaba sola. Estaba sola y encadenada, y de pronto lo comprendí. Esa muchacha era yo.
Mi cabeza se dividió en dos. Era capaz de verme de dos formas totalmente distintas e iguales al mismo tiempo. Quería pedir ayuda, pero era extraño pedirme ayuda a mí misma. Estaba demasiado asustada, el dolor que me provocaban las frías y pesadas cadenas era insoportable. Miré a quien me observaba desde el otro lado del cristal, me miré a mí misma a los ojos, y lo que vi en ellos me asustó todavía más; estaban cargados de odio, crueldad, desprecio, arrogancia. Mi Yo libre me miraba con asco, y se reía de mí, se reía porque yo estaba encerrada, y ella libre.
Pero, al mismo tiempo, estaba observándome desde fuera. Mi Yo encadenaba me miraba con ira, con un odio todavía más intenso que el que reflejaban los ojos de mi Yo libre cuando me sentía encadenada. Los ojos de mi Yo encadenada estaban cargados de furia, eran salvajes, eran los ojos de una bestia, un monstruo. Un monstruo que no me iba a permitir ayudarle.
Un monstruo que sería capaz de cualquier cosa con tal de acabar tanto con mi Yo libre, como con mi Yo encadenada.
Un monstruo que sería capaz de cualquier cosa con tal de destruirme.