Ella era una chica que no dejaba a nadie indiferente. Ya fuese por su mal genio, por lo tierna que era con su gente, o por la poca cordura que le quedaba.
Y es que le resultaba imposible mantenerse cuerda cuando la plataforma que la sostenía pendía de un hilo.
A veces se dedicaba a observar. Otras a escuchar. Pero nunca veía ni oía nada. Tal vez porque vivía a oscuras y con el volumen al mínimo (por no decir mudo). O tal vez porque después de todo tenía miedo a abrir los ojos y destaparse las orejas; ella bien sabía que podía ver los monstruos que vivían en su cabeza y escuchar sus susurros si lo hacía. Pero le faltaba darse cuenta de que ser ciega y sorda no bastaba para librarse de ellos.
Podía escribir miles de historias, inventar miles de formas, pensar miles de metafóras, pero nada de eso la ayudaría a cambiar. Y es que es imposible volver a meter un poco de cordura dentro de ti cuando el hueco que ésta ocupaba ya ha sido llenado por tus propios monstruos. Y eso le pasó a ella.
Su única solución era aprender a llevarse bien con ellos.
Y lo intentó, por supuesto que lo intentó. Les puso música para entretenerlos. Les leyó cuentos para que durmiesen tranquilos. Les cantó para relajarlos. ¡Incluso trató de sacarlos a bailar con ella!
Pero lo que ella no sabía era que si te haces amiga de los monstruos acabas convirtiéndote en uno de ellos, hasta que acaban contigo y destruyen lo que eras antes de que llegasen.
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